(des) organizado

1 oct. 2011

::: entendiendo mejor el conflicto :::

en estos primeros días, mi querida N, no hago más que intentar comprender qué sucedió para tener que ir topándome allá donde vaya, con tantos muros de piedra blanca.
El 14 de mayo de 1948, David Ben Gurion, el máximo líder sionista, proclamó el nacimiento del Estado de Israel. Estados Unidos fue la primera nación que lo reconoció. Se había consumado uno de los hechos más sorprendentes de la historia política del siglo XX: la creación de un nuevo Estado en tierras que los judíos consideraban como suyas, pero que hacía casi dos mil años que no habitaban. Como español, nacido en Granada, a uno se le ocurre pensar que fue como si los árabes de Oriente Medio, en razón de sus sufrimientos en los últimos siglos, decidieran instalarse en Andalucía, expulsando o arrinconando a los cristianos que desde hace siglos aquí viven e invocando para ello sagrados derechos sobre las tierras donde sus antepasados permanecieron casi ochocientos años.
A finales del siglo XIX no había prácticamente judíos en Palestina y nadie había pensado en crear un Estado judío en ese territorio. Fue Theodor Herzl, nacido en Hungría, quien traumatizado por el antisemitismo que rodeó el caso Dreyfus, se radicalizó políticamente y publicó en 1899 un opúsculo, El Estado Judío, en el que proclamó la necesidad de crear un hogar nacional para el pueblo judío, dado que constituía una nación y sus problemas derivaban de la inexistencia de un Estado. Dejó abierto, no obstante, el lugar de su emplazamiento: si debía estar en la tierra de sus ancestros o en algún lugar deshabitado de otro país, como, por ejemplo, Argentina.
Así nació el sionismo político. Tras la celebración en Basilea de su primer congreso en 1897, Herzl escribió en su diario: “He fundado el Estado judío. Si hoy lo dijera en voz alta, me respondería una carcajada universal. Puede que en cinco años, y con seguridad en cincuenta, todo el mundo lo verá”. Como explica Avi Shlaim en El Muro de Hierro, dado que ni los rabinos más prominentes estaban convencidos, enviaron una delegación a Palestina que concluyó con el siguiente telegrama: “La novia es hermosa pero está casada con otro hombre”.
La semilla del “sionismo combativo”, no obstante, había sido plantada e iba a germinar. Comenzó entonces una interminable emigración hacia Palestina de judíos europeos, decididos a hacer realidad el sueño de Herzl. A la par, los dirigentes sionistas fueron conscientes desde el primer momento de que necesitaban el apoyo de las grandes potencias occidentales. Y también de que los nativos árabes difícilmente podían aceptar la implantación en su territorio de un pueblo “ajeno”.
El desdén de Occidente hacia el mundo árabe, unido a sus tradicionales rencillas internas y a la implacable determinación de los recién llegados, llevó al Imperio Británico a dictar, el 12 de noviembre de 1917, la Declaración Balfour que “contemplaba favorablemente el establecimiento en Palestina de una patria para el pueblo judío”, abriendo así la vía para la creación posterior del Estado de Israel. En aquella fecha la población judía era de unas 56.000 personas y la árabe superaba las 600.000. Los derechos de estos últimos fueron completamente ignorados, y de esta forma comenzó la tragedia del pueblo palestino.
Como consecuencia de esta Declaración, fue aumentando el número y el poder de los judíos al igual que los enfrentamientos entre ambas comunidades, colocando a Gran Bretaña, la potencia administradora, en una situación insostenible. La terrible represión nazi reforzó las corrientes radicales sionistas. Convencidos de lo sagrado de su causa y de que el fin justifica los medios, no vacilaron en eliminar cuantos obstáculos se oponían en su camino. Contaban con la opinión favorable de Occidente. Los extremistas judíos, dirá E. Rogan, en su libro Los Árabes, declararon la guerra a Gran Bretaña a pesar de que este país estaba haciendo realidad el sueño de una patria judía en Palestina. Sus organizaciones paramilitares sembraron el terror con atentados como los del Hotel King David, en 1946, donde murieron 91 personas y hubo más de 100 heridos. Finalmente, Gran Bretaña remitió la cuestión palestina a las Naciones Unidas, que el 29 de noviembre de 1947 aprobó la partición de Palestina, legitimando la existencia de dos Estados, uno judío y otro palestino, lo que originó una feroz guerra que duró casi dos años. Terminó con una completa victoria israelí y una gran derrota para los palestinos.
Israel aprovechó la contienda para proclamar su Estado, y aprendió algunas lecciones que nunca olvidaría: que la acción directa y la política de hechos consumados le proporcionaba más ventajas que la vía diplomática; que el tiempo jugaba a su favor, dado el apoyo incondicional de Occidente, y que debía conseguir que los palestinos fuesen considerados como extranjeros en su propia tierra.
Incomprensiblemente, parece haber logrado sus propósitos. Sólo así puede entenderse que algunos países occidentales se opongan al reconocimiento del Estado palestino, y que la propuesta de Mahmud Abbas haya sido rechazada por Obama, con esa triste frase: “No hay atajos para la paz”. La paz sólo se conseguirá tratando a israelíes y palestinos por igual. Reconocer el Estado palestino, 63 años más tarde que el Estado de Israel, es simple y llanamente reparar una enorme y dolorosa injusticia. Moralmente no caben excusas ni soluciones descafeinadas.